CON LA CRUZ SOBRE LA ESPALDA
Prejuicios. Sociedades y sus
normas. Protocolos, costumbres, religiones...
Harta. Así podría definirse la palabra. Harta. Me llamo Claudia, Claudia
Serrano Martínez y soy una chica de 17 años sumergida en el diabólico mundo de
un colegio de monjas desde que tengo uso de razón. Soy lesbiana. Gracioso,
¿verdad? Una lesbiana que a demás de lesbiana es atea y que está encerrada en
un mundo que no es el mío. Mi familia es tradicional. Todos, menos yo. Mi
padre, oficinista retrógrado y machista que espera casarme con el típico
maridito por la iglesia que me dará cuatro hijos de Dios y me hará cuidarlos yo
sola mientras él se lleva el mérito de ser padre modelo. Mi madre, una sumisa
mujer que más que mujer, yo diría que es un felpudo bonito sobre el que mi padre pasa diariamente. ¿Mi
hermano? Un joven seminarista que es perfecto. Tan perfecto, que a veces
resulta algo repulsivo.
¿Y yo? La oveja negra de la
familia, aquella a la que todo el mundo quiere esconder.
La verdad es que me extraña mucho
que mis ideales sean tan férreos. Las chicas que van al campo de concentración
que tenemos por centro “educativo” son como momias con el cerebro lavado. No
piensan, no sienten, no imaginan, no crean, no sueñan… Solo viven muertas. Pero
yo se lo que quiero. Me da igual la de capones que me den esas lagartas con
hábito y la de reglazos que me sacudan en los brazos, yo seguiré gritando al
mundo lo que soy y yo soy lesbiana. ¡LESBIANA! Y además atea. Soy una lesbiana
atea enamorada de una violinista callejera llamada Violeta.
Violeta… ¿Cómo describirla? La
conocí un día al salir del instituto. Tocaba la danza Húngara nº5, una de mis
piezas favoritas. Me paré a escucharla. Su cara mostraba una expresividad y un
sentimiento increíble por las melodías que de su arco iban brotando. El estuche
de su violín no estaba muy lleno, tan solo un par de monedas. Su pelo castaño y
liso se ocultaba precariamente bajo una boina tan violeta como su nombre, y por
atuendo, solo una camiseta holgada y vaporosa y unos pantalones coloridos.
Día a día me paraba a escucharla
al salir de clase. Nos comenzamos a conocer. Ella me hablaba del mundo tal y
como era, un mundo en el que todo era bonito fuera de las cuatro paredes
habituales. Era un mundo de libertad de expresión, de libertad de decisión,
donde una mujer era dueña de su propio destino y podía utilizar la ropa que
quisiera e ir a donde le apeteciera. Ella era especial. Me abrió las puertas a
un mundo lleno de posibilidades.
Por ello la amaba. La quería más
que a mi propia vida. Aunque no era difícil. Mi vida era una auténtica mierda.
Era obligación mía aguantar las bofetadas físicas y verbales que me propinaba
mi padre cada noche. Me colmaba de culpa. Me repetía una y otra vez que el
Señor me castigaría por vivir en pecado, por ser una puta sin pensamiento
racional. Y aquella era mi vida. Monjas, que me pegaban por pensar por mi
misma, por cuestionarme las cosas; familiares que me gritaban por ser lo que
era y una sociedad que pretendía
cambiarme y moldearme al modelo de mujer cristiana perfecta. Pero aquella no
era yo.
La única que me animaba a no
derrumbarme era Violeta. Entre nosotras existía una conexión, más allá de la
que el amor propiamente dicho implica.
-¿Sabes? Tienes que ser fuerte,
mantente firme y lucha por lo que crees. Eres libre de ser quien eres. Aguanta,
pronto llegará nuestra hora y nos fugaremos juntas.-Me dijo una vez.
Desde entonces soñaba cada noche
con ella. En un lugar lejano, una isla desierta, ambas paseábamos sin nada mas
que nuestros cuerpos, sin posesiones ni preocupaciones, solo ella y yo. Todo lo
bohemio y lo especial se había concentrado en una persona y ella me apoyaba, ambas
nos queríamos.
Y así llegó el ansiado día.
Pronto sería libre. Dejaría atrás a esa gente que decía ser mi familia, a esas
monjas crueles que miraban las cosas, pero que realmente no las veían y dejaría
detrás mi vida jamás vivida. Empezaría de cero.
Me escapé de casa el 25 de
Octubre de 1998. Ese día morí para volver a nacer, para ser por fin feliz. Y yo, que jamás había creído en nada, aquel
día, al besar a Violeta, comencé a creer en los ángeles.
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